martes, 20 de enero de 2015

Los Desheredados


Hace unos cuantos años un economista nacido en lo que hoy sería Bielorrusia pero que a causa de la Revolución Bolchevique debió emigrar a Estados Unidos, de nombre Simon Kuznets, se dedicó a investigar la relación entre crecimiento económico e igualdad en las sociedades.

Para los años 60, y en base a estadísticas de varios países de diverso nivel de desarrollo, Kuznets desarrolló una teoría que le valió el Nobel de Economía de 1971 y cuyo corolario se plasma en una curva estilizada que lleva su nombre: la curva de Kuznets.

En un resumen excesivamente simplificado y banalizado como para dar lugar a agudos comentarios de los seguidores de este blog, digamos que lo que Kuznets postula es que en la medida que una economía crece a lo largo del tiempo (hipótesis que además requiere que el crecimiento económico supere al demográfico, lo que debería reflejarse en el crecimiento del ingreso per cápita de esa población), la desigualdad de esa población crecerá en primera instancia, dando lugar a un proceso social regresivo, y después de un tiempo manteniendo las condiciones, ese proceso se revertirá y la desigualdad comenzará a disminuir hasta llegar a un mínimo.

Si dibujáramos esta secuencia en un papel, la desigualdad tomaría la forma de una U invertida, que es el otro nombre con que se conoce a la curva de Kuznets, curva de la U invertida.

Los académicos kuznetsianos explican el proceso sobre la base del “sentido común” (ese que ellos mismos moldean). Veamos. Cuando ocurren cambios tecnológico significativos en una economía, lo que se llama un cambio de paradigma o una revolución tecnológica, es el capitalista el que se apropia inicialmente de los beneficios, en tanto que los trabajadores tienen que recorrer durante ese lapso una “curva de aprendizaje” de la nueva tecnología para poder tomar beneficios.

Dicha curva de aprendizaje no sólo tiene que ver con aprender las nuevas técnicas requeridas sino también modificar algunos aspectos demográficos, sociales, etc (el ejemplo canónico usado por Kuznets era, en una revolución industrial urbana, el tiempo que demoran los campesinos en mudarse a los conglomerados urbanos y convertirse en mano de obra útil para las fábricas incipientes).

Llegados a un punto la desigualdad llega a un máximo, y a partir de allí, en la segunda parte del proceso los trabajadores mejoran su bienestar y disminuye la desigualdad porque comienzan a tener un mejor poder de negociación para capturar los beneficios y la renta disponible: esto puede entenderse por vía de procesos como la sindicalización, la ejecución del derecho de huelga, etc.

Esta teoría de Kuznets fue cobijada desde su génesis por sectores del mainstream ortodoxo económico (lo que hoy llamamos neoliberalismo). No es para menos, su tesis central es absolutamente funcional a la inefable estrategia de la tecnocracia: para los trabajadores el paraíso siempre está adelante, esperando. Llegará con seguridad, pero más tarde, luego, cuando sea oportuno (y cualquier parecido con el Paraíso Cristiano o con las propuestas de Sturzenegger y Melconián es mera coincidencia).

“Ajustémonos ahora, que disfrutaremos después” es la frase que Kuznets le regala al neoliberalismo para que este, a cambio de un presente de látigo, nos prometa un futuro venturoso de zanahorias.

Para sustentar sus análisis, Kuznets usa datos y series existentes en diversos países entre 1870 y 1960. No hay malicia, son los datos de los que disponía.

Recordemos sucintamente: desde 1870 se dan en el mundo varias cambios tecnológicos significativos como son la revolución de la química originada en Alemania, la aparición del motor de combustión interna, el uso generalizado de la electricidad y las primeras formas de telecomunicación. Esos cambios se ven robustecidos y profundizados por las dos guerras mundiales, que sabemos qué efectos derraman sobre la tecnología. No obstante, los devastadores efectos de la segunda guerra mundial y la reconfiguración geopolítica del mundo al comienzo de la Guerra Fría hace que los gobiernos de los países pongan en marcha lo que se conoció como los Estados de Bienestar, que para fines de los años 60 estaban en su apogeo.

Esta es la teoría, este es el ícono que un visitante reciente a nuestro país, el profesor Thomas Piketty, DESTRUYE de manera CONTUNDENTE e IRREVERSIBLE en su libro “El Capital en el Siglo XXI”.

El francés que hoy está en boca de toda la disciplina económica global, observa que el período analizado por Kuznets corresponde a una selección demasiado sesgada y decide revisar dicha teoría: durante años se dedica a recopilar información que básicamente es la misma (series de renta versus igualdad) pero para un período mucho más extenso (en países empieza en el siglo XVIII) y por lo tanto su trabajo requiere una profunda y dedicada investigación en bases de datos antiguas y prácticamente intocadas como el impuesto a la renta en Inglaterra, Francia y Estados Unidos.

Los resultados son los que todos imaginamos: no hay tal cosa como una curva de U invertida en la distribución a largo plazo de la riqueza mundial. Por el contrario, hay un visible e incontrastable proceso de CONCENTRACIÓN del ingreso en los sectores más ricos y poderosos de las sociedades, que sólo encuentra alteración frente a situaciones excepcionales como pueden ser una guerra, un desastre natural o, principalmente, configuración geopolítica mundial que le demande al 1% más rico la urgencia de crear situaciones de bienestar específicas (ie Plan Marshall).

El libro de Piketty, cuyas críticas académicas a izquierda y derecha no han podido hasta el momento mellar la médula de su rotundo señalamiento, reafirma y confirma lo que Marx definía siglo y medio antes: lo que el capitalismo puro no ha podido resolver es el efecto concentración, del que tenemos registro y que nos acompaña desde tiempos de Cristo (ver Efecto San Mateo).

Los medios económicos opositores locales han tomado recortes de declaraciones de Piketty en su paso por nuestro país (cuando no) para dejar en sus lectores la sensación de que el francés vino a amonestar al kirchnerismo, en particular en referencia a las estadísticas del INDEC. No nos dejemos engañar: el profesor Piketty tiene muy claro que en nuestro país y en otros de la región se están dando esos procesos excepcionales y contrapuestos a la tendencia global de redistribución progresiva de la renta que él aplaude, inducida y disciplinada desde el Estado. Y lo alaba, como también ha remarcado positivamente la posición argentina en foros internacionales para limitar el poder de los fondos buitres, otros enormes jugadores en cuanto a concentración basada en crear dinero sólo del dinero.

A una visita significativa como esta sólo puede respondérsele estando a su altura: 2015 se presenta como un excelente año para re-imponer el Impuesto a la Herencia, derogado por ese miembro conspicuo de nuestro patético 1%, José Martínez de Hoz. Ojalá esa haya sido la charla que Thomas Piketty tuvo con Cristina el pasado sábado en Olivos.



*En la foto, El Bosnio, Maestro de Luz de la Mesa de Autoayuda y quien suscribe invitamos de manera fotogénica y amigable al visitante francés a olvidar todas esas ideítas progres, haciéndole una oferta que no podría rechazar.